Lenguas ROMáNicas

 

Las lenguas románicas (o romances) constituyen uno de los principales subgrupos dentro de la familia indoeuropea. Todas ellas derivan en última instancia del latín, lengua ya desaparecida perteneciente al grupo itálico. El adjetivo románico procede del latín romānicus, que se aplicaba al ámbito cultural de Romania (el Imperio Romano), mientras que romance deriva del correspondiente adverbio romānicē, que adquirió el sentido específico de ‘en lengua vulgar’, por oposición a los dialectos extranjeros hablados en Barbaria o Gothia (el territorio de las tribus germánicas del norte).

 

Distribución geográfica de las lenguas románicas

Las siguientes son las lenguas románicas reconocidas tradicionalmente por la lingüística: español, portugués, catalán, francés, occitano, italiano, sardo, véneto, retorrománico, rumano, dálmata y mozárabe (estas dos últimas ya desaparecidas). Otra variante, el istriorrománico, presenta dificultades para su correcta clasificación genética: mientras que algunos lingüistas la ven como una rama distinta dentro del grupo románico o la consideran emparentada con el istriorrumano (dialecto del rumano) o el friulano (dialecto del retorrománico), otros piensan que se trata de una lengua itálica anterior a la formación de los dialectos vénetos; en cualquier caso, se suele incluir el istriorrománico en el subgrupo italorrománico siguiendo criterios histórico-geográficos (por la gran influencia del italiano y el dálmata sobre esta lengua). Algunos lingüistas consideran el gallego ―un originario dialecto local del portugués hablado en la región española de Galicia― como una variante románica independiente, debido al prolongado contacto con el español; en cualquier caso, se trata de una lengua con un origen común y con un grado de intercomprensión total con el portugués.

 

La moderna distribución de las lenguas románicas es el resultado de dos grandes etapas de conquista y colonización: la primera, entre los años 240 a.C. y 100 d.C. sirvió para introducir el latín en toda la cuenca del Mediterráneo gracias a la expansión del Imperio Romano; la segunda, que comenzó en el siglo XVI, llevó los idiomas románicos ya evolucionados y estandarizados a otros territorios fuera de Europa (especialmente el continente americano y el África subsahariana). Actualmente, se estima que el número de hablantes nativos de lenguas románicas ronda los 725 millones, lo que le concede la supremacía estadística absoluta dentro de la familia indoeuropea.

 

Español, portugués, francés, italiano y rumano son las principales lenguas románicas, y su identidad como tales no admite ninguna duda, no sólo desde el punto de vista lingüístico, sino también geopolítico, ya que son los idiomas oficiales en diferentes naciones. Catalán y occitano también son reconocidos como lenguas desde el punto de vista literario y cultural, a pesar de que la mayoría de sus hablantes sean bilingües en español y francés, respectivamente. El sardo y el véneto están considerados como lenguas únicamente desde el punto de vista lingüístico, ya que los territorios en los que se hablan (Cerdeña y Véneto) pertenecen a Italia. El gallego representa el extremo opuesto, ya que, aunque lingüísticamente constituya un dialecto del portugués, razones políticas hacen que en España esté considerado como lengua oficial de carácter autonómico. El caso del retorrománico es más problemático, ya que se trata de un término que engloba diferentes dialectos repartidos a lo largo de tres países (Suiza, Italia y Austria); mientras que el correspondiente al territorio suizo está considerado como una lengua oficial, en Italia es meramente un dialecto marginal.

 

Fuera de Europa, el español, el portugués y el francés son las lenguas románicas más extendidas. No obstante, existen pequeñas comunidades de hablantes de otros idiomas menores, como siciliano (un dialecto del italiano) en Nueva York, rumano en Melbourne y sefardí (dialecto judío del español) en Marruecos, Turquía, Grecia, Macedonia, Bulgaria, Seattle y Buenos Aires. Además, los contactos comerciales durante la época de expansión colonial dieron lugar al surgimiento de diferentes lenguas criollas basadas en las variantes románicas (especialmente francés, español y portugués).

 

Las lenguas románicas que se hablan en la actualidad son las siguientes (clasificadas en función de su número aproximado de hablantes nativos, a fecha de 2010):

español                    407.000.000

portugués           216.000.000

francés                    74.000.000

italiano            59.000.000

rumano              24.000.000

catalán                    11.500.000

gallego                     3.000.000

véneto               2.200.000

sardo                1.350.000

occitano                750.000

retorrománico          600.000

istriorrománico           1.000

 

Origen y desarrollo de las lenguas románicas

Históricamente, las lenguas románicas derivan de la variedad hablada de latín (conocida como latín vulgar) que los romanos fueron imponiendo en los territorios mediterráneos a medida que incrementaban sus conquistas. Originariamente, el latín era la única lengua empleada, ya que servía como herramienta administrativa (aparte de su gran prestigio cultural), aunque a medida que se fue desintegrando la unidad política del Imperio Romano empezaron a surgir claramente los primeros romances locales —que sin duda se habían desarrollado con anterioridad en el habla, aunque nunca se habían representado por escrito—, fenómeno favorecido por la influencia del sustrato lingüístico de otras lenguas prerrománicas.

 

Dado que la evolución del latín a las lenguas románicas constituyó un proceso lento e imperceptible, resulta imposible decir con exactitud cuándo acabó uno y cuándo comenzaron las otras. Hacia el siglo V d.C. se habían iniciado ya las primeras divergencias geográficas, y es en el VIII cuando se pueden detectar diferencias inconfundibles en el vocabulario y la gramática de los diversos dialectos románicos que permiten hablar ya de lenguas distintas. Posiblemente este proceso fue favorecido por la Reforma Carolingia llevada a cabo en Europa occidental por Carlomagno, que en su afán por regularizar la ortografía y la pronunciación del latín eclesiástico empleado en la liturgia lo convirtió en incomprensible para una gran mayoría de hablantes de bajo nivel cultural, los cuales decidieron emplear sus lenguas vernáculas para comunicarse, no sólo oralmente, sino también por escrito. El más antiguo testimonio literario de una lengua románica lo constituyen los Juramentos de Estrasburgo, un documento escrito en francés antiguo que data del año 842. A él le siguen textos en español e italiano (siglo X), sardo y occitano (siglo XI), catalán y retorrománico (siglo XII), portugués, véneto y dálmata (siglo XIII) y rumano (siglo XVI).

 

Entre los siglos XIV y XIX se empleó en la cuenta del Mediterráneo (especialmente en Marruecos, Algeria, Túnez, Libia, Sicilia, Líbano, Grecia y Chipre) un pidgin o lengua franca de comunicación comercial conocida como sabir, con un sustrato latino enriquecido con elementos gramaticales de diversos idiomas románicos. En sus orígenes, esta lengua estaba basada en el léxico del genovés (dialecto italiano septentrional), ya que los marineros y los mercaderes de Génova fueron los primeros en dedicarse al comercio internacional en el Mediterráneo. Posteriormente, el sabir fue asimilando palabras del español, el occitano, el catalán y el portugués, a las que se sumaron otras lenguas orientales como el árabe, el turco y el griego.

 

Clasificación de las lenguas románicas

La mayoría de las clasificaciones tipológicas de las lenguas románicas están basadas en criterios históricos y geográficos. La división más general se establece entre las zonas orientales y occidentales, y corre a cargo de una isoglosa o línea imaginaria en el norte de Italia entre La Spezia y Rímini. En general, las lenguas occidentales, localizadas al norte y al oeste de dicha isoglosa (portugués, español, catalán, occitano, francés, retorrománico, mozárabe), son innovadoras desde el punto de vista lingüístico, mientras que las lenguas orientales, que se hablan al sur y al este de esta línea (italiano, sardo, rumano, dálmata), son conservadoras. Por ejemplo, sólo las lenguas románicas occidentales favorecen la sonorización y el debilitamiento de las consonantes oclusivas intervocálicas (lat. sapōne ha dado esp. jabón, port. sabão, fr. savon, pero it./sard. sapone, rum. pun). Las lenguas occidentales han generalizado el sufijo -s como marca de plural, mientras que las orientales utilizan alternancias vocálicas para señalarlo (esp. las cabras, port. as cabras, cat. les cabres, ret. las chavras, pero it. le capre, rum. caprele).

 

Dentro de esta clasificación general, cada uno de los dos grupos está compuesto a su vez por otros dos subgrupos: el occidental se divide en galorrománico (francés y occitano) e iberorrománico (español, portugués, catalán, mozárabe), mientras que el oriental lo hace en balcánico-románico (rumano, dálmata) e italorrománico (italiano, retorrománico, véneto, sardo). No obstante, otra clasificación más lingüística es la que establece una rama románica oriental (integrada únicamente por el rumano) y otra occidental (formada por todas las demás), ya que la variantes rumana presenta una serie de peculiaridades, debidas a la influencia de las lenguas eslavas, que la hacen muy diferente al resto.

 

El siguiente esquema ilustra la clasificación general de las lenguas románicas (las agrupaciones lingüísticas van en negrita o en cursiva; una cruz [†] indica que se trata de variedades lingüísticas ya desaparecidas o sin hablantes nativos; entre paréntesis se incluyen los principales territorios en los que se hablan como lenguas maternas):

1. Rama oriental

   1.1. Rumano (Rumanía)

       1.1.1. Dacorrumano (Rumanía)

       1.1.2. Macedorrumano (Macedonia, Bulgaria, Albania, Grecia)

       1.1.3. Meglenorrumano (Grecia)

       1.1.4. Istriorrumano (Croacia)

       1.1.5. Moldavo (Moldavia)

2. Rama occidental

   2.1. Subgrupo italorrománico

       2.1.1. Italiano (Italia, Suiza, San Marino, Mónaco)

       2.1.2. Sardo (Italia)

       2.1.3. Véneto (Italia)

       2.1.4. Istriorrománico (Croacia)

       2.1.5. Dálmata [†] (Croacia)

   2.2. Subgrupo galorrománico

       2.2.1. Francés (Francia, Bélgica, Suiza, Canadá, Luxemburgo)

       2.2.2. Occitano (Francia)

       2.2.3. Retorrománico

           2.2.3.1. Romanche (Suiza)

           2.2.3.2. Friulano (Italia)

           2.2.3.3. Ladino (Italia)

   2.3. Subgrupo iberorrománico

       2.3.1. Español (España, Hispanoamérica, Guinea Ecuatorial)

       2.3.2. División galaicoportuguesa

           2.3.2.1. Portugués (Portugal, Brasil, antiguas colonias portuguesas)

           2.3.2.2. Gallego (España)

       2.3.3. Catalán (España, Andorra, Francia, Italia)

           2.3.3.1. Catalán estándar (España, Andorra, Francia, Italia)

           2.3.3.2. Valenciano (España)

           2.3.3.3. Balear (España)

       2.3.4. Mozárabe [†] (España, Portugal)

 

Características gramaticales de las lenguas románicas

A pesar del desarrollo independiente de las distintas lenguas románicas y de las divergencias creadas entre ellas a consecuencia del influjo sustratístico y adstratístico de otras variantes locales (especialmente el árabe en el portugués y el español, el germánico en el francés y el eslavo en el rumano), todas ellas presentan un alto grado de similitud léxica. Usando como modelo de comparación un conjunto de 100 palabras básicas, se estima que el léxico común alcanza un porcentaje del 40 por ciento. La comparación entre lenguas individuales dispara estos índices: al 65 por ciento entre el francés y el español y al 90 por ciento entre el portugués y el español. En general, la comprensibilidad mutua entre las lenguas románicas está garantizada en un alto grado, especialmente en el lenguaje técnico y formal (debido a los préstamos comunes del latín).

 

Desde el punto de vista morfosintáctico, las lenguas románicas modernas presentan un orden sintáctico no marcado Sujeto-Verbo-Objeto. Todas ellas han desarrollado la categoría gramatical “artículo”, que no existía como tal en latín: mientras que los distintos artículos determinados proceden principalmente del pronombre demostrativo latino ille/illa (esp. el/la), los artículos indeterminados derivan del pronombre numeral ūnus/ūna. Los tiempos verbales compuestos se forman principalmente con la variante correspondiente del verbo latino habēre ‘haber, tener’ (esp. he cantado, fr. j’ai chanté, it. ho cantato); en portugués, no obstante, se emplea una forma derivada de tenēre ‘tener, sujetar’ (tenho cantado), mientras que en catalán el auxiliar de pretérito perfecto ha evolucionado a partir de vādere ‘ir, marchar’ (vaig cantar).

 

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